José Alvear Sanín
Un inmejorable amigo me hace llegar un oportuno análisis, digno de ser considerado en Colombia, “Conversar y conversar mientras se intensifica la guerra”, que trata del éxito total de los Viet Cong frente a los USA en las negociaciones de París (cuatro años y ocho meses). Para Nguyen Giap, segundo de Ho Chi Min, “el tiempo jugaba a su favor; mientras más se prolongaban los diálogos, mayores ventajas obtenían ellos”.
Las similitudes entre esas conversaciones y las interminables de La Habana (previstas para seis meses por el gobierno) se explican: 1. Por el dominio de las técnicas de negociación bajo presión que bien conocen los delegados de la subversión, enfrentados a un grupo heterogéneo de negociadores improvisados, plegables, complacientes y condescendientes, y 2. Por los diferentes horizontes temporales de las partes.
La prolongación de las conversaciones permite además, a quien llega debilitado a la mesa, ganar enorme presencia mediática con astutas maniobras propagandísticas, mientras sus huestes reposan, se recuperan, renuevan armamento y logística…
En nuestro caso, la negociación reviste un problema adicional, porque se da entre un Secretariado férreo, inflexible, inamovible en sus posiciones, y una débil delegación gubernamental de mamertos, jamás desautorizada por el alto gobierno. Algunos ya dicen que en La Habana, en vez de negociación se presenta aquello de “yo con yo”, en un dilatado episodio de onanismo político previo al orgasmo estremecedor de la firma de la rendición…
Es conveniente, entonces, hablar algo de la psicología del mamerto, personaje que con el correr de los años, cada vez acusa más rasgos del burgués progresista que antes despreciaba. El mamerto conserva latente el superficial adoctrinamiento marxista de sus años universitarios, bajo su excelente indumentaria, bella casa, espléndido coche y frecuentes viajes por Europa y Norteamérica, pero, como diría Gómez Dávila, “nada le hace más feliz que la revolución en casa del vecino”. Se le puede entonces, comparar con aquellos nostálgicos de la fe perdida, que incapaces de practicarla, no pueden dejar de admirarla y recomendarla.
El mamerto actual no ignora la brutalidad, destrucción, esterilidad y falacia de la revolución, desde la francesa hasta la venezolana, pero en él siempre queda la esperanza (que al fin y al cabo es lo último que se pierde) de que la próxima (quizá la colombiana…) sí sea el movimiento justiciero, equilibrado, humano, democrático, etc., que haría la felicidad de todos sin hacer correr ríos de sangre, de pronto algunos arroyitos…
Esa visión optimista, bonachona y frívola, explica la indiferencia de la burguesía colombiana frente a la amenaza aterradora de que un Secretariado estalinista radical obtenga en la mesa lo que no logró en los campos ensangrentados y minados de un país que ellos martirizan desde hace medio siglo.
***
El personaje que confiesa que para la excarcelación del narcoterrorista Simón Trinidad, “el peor mandado es el que no se hace”, ¿es el presidente de Colombia o un emisario del Secretariado?
***
¿Qué teme, para hablar, mi general Mora Rangel, tan calladito durante 36 meses, cuando ahora hace discreto mutis por el foro…?
***
Con la aceptación de Andrés Pastrana y Martha Lucía se logró el efecto mediático buscado con la inocua Comisión Asesora de Paz, tapadera que no volverá a reunirse, porque si allí se revelasen los detalles de la entrega, el proceso de La Habana estallaría.
***
Atribuido a Swift: “La diferencia entre los tribunales y las cárceles es que en ellas hay inocentes”.
